
Algunas personas, en distintas ocasiones, nos han dicho a Cecy y a mí que les gustan (o no) las "Crónicas mininas" que escribimos, a lo que nosotras hemos dicho gracias (o no), pero también firmamos una fe de erratas en ese instante y agregamos: Es que son crónicas MÍNIMAS, no MININAS. Sin embargo, desde la primera vez que se nos mencionó el concepto, nos pusimos a pensar qué podría ser una crónica minina. Con el tiempo, hemos ido elaborando nuestro concepto de la crónica minina y, un poco sin querer, un poco queriendo, hemos llegado a la conclusión de que las crónicas mininas son aquellas que no podemos narrar en este blog porque:
a) Ridiculizan a las personas que están involucradas en la anécdota o hecho a cronicar.
b) Son nuestros momentos más oscuros.
c) Constituirían una demanda segura si algún lector se reconoce en la crónica (no importa que la justifiquemos con una aseveración como: Los hechos y personajes de esta historia son totalmente ficticios).
Por supuesto, la crónica minina mucho tiene que ver con los gatos y gatas que se han cruzado por nuestro camino y dejan de paso una anécdota que, aunque es digna de contarse, queda para otro blog, el blog secreto, al cual llegan bajo otras huellas. Como podrán darse cuenta, la crónica minina es aún más mínima, más picante y más gatuna (literalmente). Seguramente algún día encontrarán algunos de esos gatunos momentos, cuando eso suceda sólo recuerden: MIAAAAAUUUUU!!!.