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7 de mayo de 2008

Las crónicas mininas



Algunas personas, en distintas ocasiones, nos han dicho a Cecy y a mí que les gustan (o no) las "Crónicas mininas" que escribimos, a lo que nosotras hemos dicho gracias (o no), pero también firmamos una fe de erratas en ese instante y agregamos: Es que son crónicas MÍNIMAS, no MININAS. Sin embargo, desde la primera vez que se nos mencionó el concepto, nos pusimos a pensar qué podría ser una crónica minina. Con el tiempo, hemos ido elaborando nuestro concepto de la crónica minina y, un poco sin querer, un poco queriendo, hemos llegado a la conclusión de que las crónicas mininas son aquellas que no podemos narrar en este blog porque:

a) Ridiculizan a las personas que están involucradas en la anécdota o hecho a cronicar.
b) Son nuestros momentos más oscuros.
c) Constituirían una demanda segura si algún lector se reconoce en la crónica (no importa que la justifiquemos con una aseveración como: Los hechos y personajes de esta historia son totalmente ficticios).

Por supuesto, la crónica minina mucho tiene que ver con los gatos y gatas que se han cruzado por nuestro camino y dejan de paso una anécdota que, aunque es digna de contarse, queda para otro blog, el blog secreto, al cual llegan bajo otras huellas. Como podrán darse cuenta, la crónica minina es aún más mínima, más picante y más gatuna (literalmente). Seguramente algún día encontrarán algunos de esos gatunos momentos, cuando eso suceda sólo recuerden: MIAAAAAUUUUU!!!.

6 de marzo de 2007

Notas curiosas

Lo que sigue lo encontré en "El regidor", un periódico de San Antonio, Texas, que publicaba un poco de todo. El texto salió el 13 de enero de 1913.


Amor a un gato

Cabe á Mrs. Catherine Carter, viuda, residente en Memphis. Thennenssee, la distinción de ser la mujer que ha cometido más locuras por un gato.
El gatito en cuestión llamado Tigre, se había quedado ciego de puro viejo, pero este otoño al acercarse los fríos invernales, sintió los deseos de diversión que según se dice sienten todos los felinos a fin de año.
Tigre aprovechó la primera oportunidad que encontró para lanzarse por una ventana, con tan mala suerte, que fue a caer a la calle, rompiéndose la columna vertebral.
Mrs. Carter inmediatamente contrató un tren expreso para llevar el gato a Nueva York, donde recibió los cuidados del Doctor de gatos más competente que pudo encontrar, logrando éste mejorar al morrongo hasta el punto de que su dueña lo diera por curado, comprándole entonces para pasearlo y enseñarlo a sus amistades, un collar de diamantes que valía mil dólares.
Pero la mejoría duró poco y Tigre murió en Atlantic City donde lo había llevado su dueña para convalecer. Su dueña lo ha hecho embalsamar, colocando su cadáver en una caja adornada de perdería, llegó su demencia tan lejos que pretendió se le permitiera enterrar al gato en el cementerio de Pleasantville, tratando de contratar un pastor protestante para que oficiara en los funerales. Ambas cosas les fue imposible obtenerlas y su desepercaión no tiene límites al pensar que los restos de su querido Tigre se perderán probablemente el día que muera.

A.